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Fray Isidoro de Sevilla / Vicente Gregorio de Medina Vicentelo de Leca y Esquibel

Nombre: Fray Isidoro de Sevilla / Vicente Gregorio de Medina Vicentelo de Leca y Esquibel

Fechas vitales: Sevilla, 9 de mayo 1662 – Sevilla, 7 de noviembre 1750

Retrato de fray Isidoro de Sevilla (Juan Ruiz Soriano)
Retrato de fray Isidoro de Sevilla (Juan Ruiz Soriano)

Biografía: Hijo de Pedro de Rodríguez Medina Vicentelo y Leonor Díaz de Rojas. Según algunas fuentes, fue familia de Miguel de Mañara, al parecer primo lejano del padre del fraile. Pese a este parentesco lejano entre ambos, es bien seguro que el noble caballero fue un modelo espiritual en el que fray Isidoro se miró durante sus años de niñez y juventud, si bien el año de nacimiento del capuchino coincide con el año de ingreso en la Hermandad de la Caridad de Mañara. Pese a estos fuertes antecedentes religiosos, se asocia a un hecho fortuito o accidental, la toma por parte de fray Isidoro del hábito.

Varios de sus familiares profesaron la vocación religiosa, encontrándose entre ellos fray Andrés de Sevilla, quien influyó sobremanera en el paso definitivo para la toma de los votos del joven fray Isidoro.

Comenzó su formación en el Colegio de San Hermenegildo de Sevilla, regentado por la Compañía de Jesús. Posteriormente, al menos se formó un par de años en cánones y leyes en el Colegio Mayor de Maese Rodrigo de Sevilla, probablemente sin llegar a graduarse. Fue trasladado al convento de Écija en 1682 donde comenzó su etapa de estudiante dedicándose durante un año al aprendizaje del latín, pasando al año siguiente a Cádiz donde inició sus estudios de Filosofía. Sería esta la primera estancia del fraile en la ciudad, que se prolongó hasta 1686, cuando fue trasladado para continuar su formación en Granada donde fue ordenado sacerdote. Continúo aquí su formación durante tres años más estudiando Sagrada Teología como alumno del lector fray José de Lucena. Esta formación le capacitó para desempeñar las labores de predicador. Inició su trayectoria misional en 1687 y tras un periplo por diferentes enclaves andaluces donde ejerció como predicador, recayó nuevamente en la sede sevillana en abril de 1694. Seis años después, en capítulo provincial, se decide el nuevo traslado a la ciudad de Cádiz en el mes de octubre. Sería esta etapa de vital importancia, ya que lo aprendido y experimentado durante estos años será el germen fundamental para sus acciones en Sevilla en el marco de la creación de la nueva devoción a la Divina Pastora.

Su amistad con Feliciano de Sevilla, Pablo de Cádiz y Luis de Oviedo, le influyó profundamente, poniendo en práctica las experiencias y conocimientos adquiridos con ellos a su vuelta a Sevilla. Lo puso en práctica inmediatamente con el rezo de los primeros rosarios públicos, que se venían realizando en Cádiz desde 1690, en plena Guerra de Sucesión y en apoyo a una mentalidad religiosa más humana. Refleja este conflicto bélico en una de sus publicaciones (en 1702), relatando algunas de las escaramuzas que tuvieron lugar en la ciudad de Cádiz. En el devenir de estos violentos acontecimientos, fray Isidoro junto a sus compañeros atemperaron a las masas con la práctica devocional del Rosario público, aun cuando la flota enemiga acechaba la costa de la ciudad. Así mismo, organizó una operación denominada fagina, por la cual eliminaron todo atisbo de vegetación de los límites exteriores de la ciudad facilitar la defensa, así como para garantizar la materia prima de elaboración de combustible por si se enfrentaban a un asedio prolongado. Finalmente el asedio no tuvo éxito, y los ocupantes fueron expulsados de la Bahía de Cádiz. Ante este éxito, quedaba patente la necesidad de la nueva religiosidad más afín al pueblo, puesta en práctica por los capuchinos.

En el capítulo del 12 de enero de 1703 celebrado en Sevilla, fue elegido ministro provincial José de Lucena, quien reintegró a fray Isidoro al convento sevillano. No obstante, este ya se encontraba en la ciudad ya que había acudido a dicho capítulo para informar de los sucesos acaecidos en Cádiz. Igualmente y al conocer que su estancia en la capital andaluza se prolongaría indefinidamente, decidió llevar a cabo las prácticas aprendidas con sus hermanos fray Pablo de Cádiz y fray Feliciano de Sevilla en la ciudad del Atlántico. Esto se hizo notar de manera inmediata, ya que en los rezos del Santo Rosario, que gozaba de una importante acogida entre la ciudadanía, incluyó una serie de novedades basadas en la adopción de la Corona Franciscana. Este método consistía en efectuar secuencias de avemarías que se repetían de diez en diez tantas veces como años de edad cumplió la Virgen María en vida, y entre las cuales se intercalaba un padrenuestro. Este cortejo se dirigía a un lugar amplio y donde se consideraba que la moralidad en la vida cotidiana se relajaba de forma categórica, como era el caso de la Alameda de Hércules. Todo el cortejo comenzaba su recorrido en la iglesia de San Gil. De todo ello, salió airoso encontrando un éxito similar al de las predicaciones efectuadas en Cádiz durante el sitio holandés.

Con esta importante base, fray Isidoro comenzó utilizar la imagen de la Divina Pastora como pendón de estas prácticas renovadoras de la religiosidad popular. Fue la advocación de la Virgen como Pastora una idea que comenzó a poner en práctica a partir del 24 de junio de 1703, en el marco de los ya conocidos rosarios públicos en honor de la Inmaculada Concepción. Esta ocurrencia, como él mismo la calificó, la tuvo mientras rezaba en el coro bajo de la iglesia de los capuchinos de Sevilla. Pidió ayuda económica a su hermano Antonio, quien disfrutaba de la herencia familiar dado el rechazo de fray Isidoro, el primogénito de la familia, a los bienes materiales al incorporarse a la orden capuchina. Una vez recibida, fue a solicitar los servicios de Alonso Miguel de Tovar, el encargado de plasmar plásticamente por primera vez la imagen de la Divina Pastora en el famoso estandarte. La primera obra efectuada ex profeso fue una pequeña representación de la advocación en una plancha de cobre, que posteriormente serviría como modelo para las que vinieron después, ya representadas en lienzos de mayores proporciones. Existe bastante controversia acerca de la autoría de esta plaquita, que ya en el siglo XX, el padre Juan Bautista de Ardales mandó que se realizase un contenedor en plata en el taller de Seco Velasco. Aunque hay autores que atribuyen esta primera factura a Lorente, Diego de Valencina fue el primero en atribuir a Tovar esta pintura, amparado por las opiniones de diversos maestros y expertos en el noble arte pictórico con los que se relacionó en sus labores como académico. Sea como fuere, es esta última opinión de Valencina la que ha perdurado hasta hoy, siendo tradicionalmente la atribución más aceptada.

Esta pequeña pieza la llevó el fraile consigo durante sus predicaciones hasta su fallecimiento.

Todos estos preparativos eclosionaron en la primera salida del 8 de septiembre de 1703. La acogida de la que gozó la nueva advocación, movió al fraile para que algunos días más tarde, institucionalizara esta nueva práctica dándole forma y estatutos de hermandad, dándosele principio el 23 de septiembre del mismo año de 1703. Esta primera hermandad de la Divina Pastora sería la de Santa Marina, ya que en un primer momento la orden era reacia a sustituir el protagonismo de la Inmaculada Concepción por la de la nueva advocación, por lo que se asentaron en un primer momento en San Gil y posteriormente, en una capilla de Santa Marina cedida por los marqueses de la Motilla.

Fray Isidoro mandó hacer a Bernardo Ruiz Gijón la imagen que hoy se conserva en el seno de la Hermandad, Fray Isidoro reconoce expresamente haber fundado también las hermandades de Carmona (1706), Utrera (1707) y Jerez de la Frontera (1713). También se le atribuye la fundación (o intervención de algún modo) de las hermandades de Cantillana (1620), de San Antonio de Sevilla (1732), Cádiz (1733), Isla de León o San Fernando (1733), Arcos de la Frontera (1736), Dos Hermanas (1743), Almadén de la Plata, Aracena, Andújar, Alcalá la Real, Coria del Río, Arahal, Marchena, Écija, Los Palacios, Morón, Olivares, Ronda, Villafranca,  San Fernando. Fue tal el impulso del que gozó la nueva advocación, que ya en la época decimonónica, el rey Fernando VII mandó a los capuchinos misionar todos los pueblos de la península ibérica, llevando como santo y seña a la Divina Pastora. Los capuchinos la llevaron también a sus misiones en América, África, Asia y Oceanía.

La regla que elaboró para constituir estas hermandades contó posteriormente, con algunas adiciones particulares del beato Diego José de Cádiz.

Desde 1704, fray Isidoro se dedicó a dejar constancia por escrito de todos los hechos acaecidos durante la propagación de esta nueva devoción. Junto a la ya conocida y fundamental obra La Pastora Coronada, toda persona que hubiese tenido algún tipo de revelación o experiencia mística en relación a la Pastora, lo declaró bajo juramento ante un notario, dando fe de lo acaecido. Se evitaban así posibles ataques de sectores religiosos contrarios a la nueva creencia mariana. La impresión de estampas de la imagen también fue otra actividad de suma importancia para su divulgación, llegando a protagonizar hechos milagrosos.

El 23 de octubre de 1705 se efectuó la primera salida de una escultura de la Divina Pastora desde la iglesia de San Juan de la Palma hasta la capilla de Santa Marina, estando La Pastora Coronada ya a la venta. En 1735 y en plena efervescencia de la nueva devoción, fundó una capilla dedicada a la Divina Pastora en Cádiz.

En octubre de 1705 se publicaba la obra capital sobre la advocación, La Pastora Coronada, escrita por fray Isidoro, el cual y según recientes trabajos, ya la tenía prácticamente terminada en 1703 y tan sólo dos meses después del primer rosario público presidido por la Divina Pastora. En la misma, pretende exponer y explicar una idea discursiva sobre la Virgen María como Pastora Universal. Para ello, se apoya en su predicación, así como en los padres y doctores de la Iglesia y en las analogías que establece entre la Virgen y la imagen de pastora que se encuentra en la Biblia. Sin embargo, esta obra quedó relegada con el tiempo por La Mejor Pastora Assumpta, publicada en 1732 en la que el capuchino desarrolló más exhaustivamente la nueva devoción. Esta obra fue efectuada con la intención de que perdurase en el tiempo y se conservarse en las distintas bibliotecas, por su formato en folio y su elaborada portada a dos tintas. Además, fue publicada por uno de los mejores talleres de la ciudad, el de Diego López de Haro. Coincidió además con el Lustro Real (1729-1733), fecha en la que la corte de Felipe V se estableció en Sevilla. Fray Isidoro aprovechó esta coyuntura para difundir la nueva devoción por el ambiente cortesano, ingresando en 1731 la familia real en la Primitiva Hermandad del Rebaño de la Divina Pastora. Se le otorgó al monarca el nombramiento de mayordomo y hermano mayor perpetuo de la misma.

Fue un fecundo escritor, destacando su faceta de cronista, de la que se desconoce la fecha exacta en la que fue elegido, aunque ya en la década de 1690 debió estar desarrollando estas funciones. Sí se sabe que sustituyó en estos menesteres a fray Pablo de Granada tras su fallecimiento, existiendo un período entre el óbito de éste y el comienzo de la actividad de fray Isidoro lo suficientemente amplio como para que hubiese existido la figura de un tercer cronista, del que nada se conoce. La primera mención explícita a su cargo como cronista la encontramos en los preliminares de La nube de occidente fechados en 1701. Hacia 1703 ya había compuesto su crónica provincial, ya que los últimos hechos que narra acontecen por estas fechas. Se trata de su obra Florido Andaluz Pensil, Vergel Capuchino ameno. Pese a esta prolífica producción, la figura de Isidoro de Sevilla se inscribía más en la de un fraile predicador que en la de un historiador, dejándose notar en algunos de los capítulos de su crónica en los que no son exentas las exaltaciones religiosas. Presenta además varios errores, de los que dieron cuenta Nicolás de Córdoba y Ambrosio de Valencina. Debió permanecer en el cargo hasta 1732, aunque bien es cierto que esta fecha es cuestionable si tenemos en cuenta el testimonio de fray Nicolás de Córdoba, quien asegura que accedió al puesto de cronista tras fray Isidoro de Sevilla, quien se encargó de estas labores durante más de cincuenta años. Por ello, señala que pudo estar en el cargo hasta la década de los 40.

El notable manejo de las letras divinas y humanas, lo convirtió en un importante productor de obras escritas durante toda la primera mitad del siglo XVIII. Fundamentalmente destacan las biografías dedicadas a diferentes hermanos capuchinos, de vida ejemplar y de una repercusión importante en el seno de la Orden. Generalmente las articula del mismo modo, narrándose desde el nacimiento la vida de estos frailes, centrándose posteriormente en sus esfuerzos y logros en la predicación, así como aquellos posibles milagros realizados bajo el amparo de la Virgen María. Esto se argumentaba con una serie de escritos o testimonios de otros frailes contemporáneos, que afirmaban la beatitud del protagonista del texto.

Siendo anciano y con la vista perdida, no dejaba de predicar la novena de la Divina Pastora en la iglesia de Santa Marina. Según las crónicas, en una ocasión, fue tal el fervor que experimentó el fraile en su exaltación religiosa, que recuperó la vista y bajó sólo del púlpito, ante la admiración y devoción del público congregado, que se acercaban al capuchino para cortar retales de su hábito. Predijo su propia muerte, que recibió anhelando el encuentro con la Divina Pastora. Ocho días estuvo sin sepultar, al no presentar signo de descomposición y por ser deseo de los fieles el velar y acompañar al venerable padre. Al morir, lo sangraron corriendo la sangre líquida como si estuviese aún con vida, hecho que se le atribuyó a un milagro, como tantos otros. Se oficiaron misas solemnes por su fallecimiento en Sevilla, Cádiz, Utrera, y en aquellos lugares donde fundó hermandades.

El 7 de noviembre del año 2000 se cumplió el 250 aniversario del fallecimiento del fraile. La Hermandad de la Divina Pastora de Cantillana celebró la efeméride, siendo la única hermandad fundada directamente por el fraile que continúa tal y como la concibió a día de hoy. Lo mismo ocurrió el día 12 de noviembre en Sevilla. Hermandades de la Divina Pastora venidas desde Cantillana, San Fernando, Jaén, Dos Hermanas y Aracena se reunieron con las homólogas hispalenses de Santa Marina, Capuchinos, San Antonio, de Triana y de Padre Pío en la parroquia de San Gil, para rendir tributo al padre Isidoro, rememorándose aquel primer rosario del 8 de septiembre de 1703. Acto seguido, se descubrió una lápida marmórea por el Ministro Provincial fray Francisco Luzón Garrido.

 

Escritos más importantes:

La nube de Occidente, vida y virtudes del venerable siervo de Dios Fr. Pablo de Cádiz, Cádiz, 1702.

Florido Andaluz Pensil, vergel capuchino ameno, donde en varios cuadros de veinte conventos…, Sevilla, 1702 (AHPCS)

Ofrecimiento de la Corona de María Santísima, Nuestra Señora, con el apreciable título de Pastora Misionera, Sevilla, 1703.

La Pastora Coronada, idea discursiva y predicable en que se propone a María Santísima, Nuestra Señora, Pastora Universal de todas las criaturas…, Sevilla, 1705.

El Phenix de Sevilla. Sermón del gloriosísimo príncipe de España… el señor San Hermenegildo…, Sevilla, 1725.

La mejor Pastora Assumpta, Sevilla, 1732.

Libro segundo de la Pastora Coronada. En que se trata como María SSma. en quanto Pastora universal de las criaturas es milagro de los milagros… [Sevilla], [s.d.], (AHPCS)


Principales fuentes de información:

Galbarro García, “La idea discursiva y predicable de fray Isidoro de Sevilla”, en La Pastora Coronada de Fray Isidoro de Sevilla, edición comentada, Sevilla, 2012, p. 51-94.

JUAN BAUTISTA DE ARDALES, La Divina Pastora y el Bto. Diego José de Cádiz. Estudio histórico-Tomo primero (1703-1900), Sevilla, 1949.

Miguel de Zalamea, Sermón fúnebre de honras que en las solemnes exequias que la venerable Hermandad de la Divina Pastora María Santísima… de la ciudad de Sevilla, consagró a la buena memoria de su fundador el M. R. V. P. Fr. Isidoro de Sevilla…, Sevilla, [1751].

Nicolás de Bilbao, Inmortal memoria del capuchino más peregrino. Panegyris fúnebre… con que este convento de Capuchinos de Santa Justa y Rufina… mostró su justo sentimiento en la muerte de su más ejemplar hijo, el V. P. Fr. Isidoro de Sevilla…, Sevilla, [1751].

Román Villalón, La Divina Pastora en los escritos de fray Isidoro de Sevilla (1662-1750), Sevilla, 2012.

Valiente Romero, “La Pastora Coronada en su contexto histórico”, en La Pastora Coronada de Fray Isidoro de Sevilla, edición comentada, Sevilla, 2012, p. 15-50.

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